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Nadie cuida lo que no ama

    Muchas veces prendemos el televisor o abrimos nuestras redes sociales y nos encontramos sumergidos en un bombardeo constante de imágenes apocalípticas sobre el cambio climático, islas de plástico flotando en los océanos, o la deforestación masiva de nuestros pulmones verdes. La reacción, casi biológica, es una angustia inmediata, que se nos instala en el pecho, pero acto seguido, activamos un mecanismo de defensa muy humano, buscamos culpables afuera. Señalamos con el dedo y decimos que son las grandes corporaciones, que son los gobiernos inoperantes, que es el sistema capitalista perverso. Y no me malinterpreten, claro que existen responsabilidades macroeconómicas y políticas innegables, pero hoy, como suelo invitarlos a hacer, les propongo realizar ese ejercicio incómodo, pero absolutamente necesario de dejar de mirar hacia afuera, para empezar a mirar hacia adentro, hacia lo que pasa en el metro cuadrado que nosotros habitamos y controlamos. La pregunta de fondo que debemos hacernos, no es solo quién tiene la culpa, sino ¿por qué nos cuesta tanto, a nivel individual y colectivo, cuidar el medio ambiente? Mi convicción profunda, es que no estamos ante un problema meramente ecológico o técnico, estamos ante una crisis severa de vínculos y de educación emocional.

    Piénsenlo detenidamente por un segundo. En muchas ocasiones, hemos hablado sobre la importancia vital de los límites en la crianza y en la vida adulta. Hemos dicho hasta el cansancio, que poner límites es un acto de amor profundo, porque el límite contiene, el límite estructura y, sobre todo, el límite da seguridad. Bueno, con nuestra relación con el medio ambiente, pasa exactamente lo mismo. El problema es que hemos criado y seguimos criando, generaciones enteras bajo la falsa premisa de que los recursos son infinitos, bajo la idea omnipotente de que yo hago lo que quiero, y de que mi comodidad inmediata, mi deseo del ahora, vale más que cualquier otra cosa en el mundo. Cuando a un niño no se le enseña en su casa a cuidar su propio cuarto, a no desperdiciar la comida que tiene en el plato, o a entender que el agua que sale de la canilla, no es un recurso mágico e inagotable, difícilmente podrá entender de adulto la abstracción de lo que significa cuidar un bosque, o proteger la biodiversidad de un océano. Si fallamos en enseñar a cuidar la casa chica, que es nuestro hogar, nuestra escuela, nuestro barrio, es utópico esperar que sepamos cuidar la casa grande, que es nuestro planeta. El cuidado del medio ambiente, no nace con la firma de un tratado internacional ni con una ley impuesta, nace en la conversación de la mesa de la cocina, nace en el ejemplo diario de apagar una luz, o de cerrar una canilla.

    Y aquí es donde entra otro concepto del que hablamos mucho, la empatía. Me atrevo a decir que educar en el cuidado del medio ambiente, es el ejercicio de empatía más sofisticado y elevado que existe. ¿Saben por qué? Porque la empatía tradicional, es ponerse en el lugar del otro que tenemos enfrente, pero la empatía ambiental, implica cuidar a alguien que quizás ni siquiera conocemos, implica cuidar al que todavía no nació, al que habitará este suelo dentro de cincuenta u ochenta años. El problema, es que vivimos secuestrados por una sociedad de la inmediatez, de la gratificación instantánea, del lo quiero ya y lo quiero fácil. Y el cuidado del planeta, requiere exactamente lo contrario, requiere paciencia, requiere renuncia y requiere pensamiento a largo plazo. Cuando alguien tira un papel al suelo, simplemente porque nadie lo ve, o porque le da pereza caminar diez metros hasta una papelera, lo que está expresando con esa acción, es que su holgazanería momentánea, es más importante que el bienestar del otro, su comodidad vale más que el espacio público. Por eso insisto tanto en que esto no se arregla solo con tecnología de punta, ni con paneles solares, esto se arregla formando personas, construyendo ciudadanos éticos, que entiendan que los derechos de uno, terminan inevitablemente, donde empieza el derecho del otro a vivir en un mundo sano y digno. Es un tema de valores morales, no solo de biología o de química.

    Ahora bien, hablemos de nosotros, los adultos, porque aquí es donde la cosa se pone seria. Es muy lindo y políticamente correcto, decirles a los chicos en la escuela que hay que reciclar y hacer manualidades con botellas, pero, ¿qué es lo que ven realmente en casa cuando se apagan las cámaras? ¿Ven a un papá o a una mamá que consume sin freno para tapar ansiedades? ¿Ven adultos que valoran más tener el último modelo de celular cada seis meses, que reparar lo que se rompió o valorar lo que ya tienen? Los niños, y esto lo sabemos, no aprenden de nuestros discursos, aprenden de lo que hacemos, nos escanean todo el tiempo. Si nosotros vivimos desconectados de la naturaleza, si vivimos estresados, corriendo de un lado a otro, consumiendo objetos y experiencias para llenar vacíos emocionales o existenciales, ese es el mensaje potente que les estamos transfiriendo. Cuidar el medio ambiente también es, y fundamentalmente, bajar un cambio. Es volver a conectar con lo esencial, es volver a disfrutar de lo simple, un paseo, una charla sin pantallas, el silencio, la contemplación. Una sociedad ansiosa, acelerada y neurótica, es por definición, una sociedad que depreda, que consume y tira. En cambio, una sociedad en calma, que sabe estar consigo misma, es una sociedad que cuida, que preserva.

    Así que mi invitación de hoy, más que a reciclar plástico, es a reciclar nuestra mentalidad y recuperar esa autoridad moral, de la que tanto hablamos y que a veces sentimos perdida. No tengamos miedo de decir no al consumo desmedido, no tengamos miedo de ser la oveja negra que no compra todo lo que el mercado impone. No tengamos miedo de enseñarles a nuestros hijos, la austeridad. Enseñémosles a asombrarse ante una puesta de sol, o ante el crecimiento de una planta, porque nadie cuida lo que no ama, y nadie puede amar lo que no conoce ni experimenta. Empecemos hoy, puertas adentro, con pequeños gestos que parecen invisibles. No lo hagamos con la pretensión heroica de salvar al mundo nosotros solos, hagámoslo para salvarnos a nosotros mismos de la indiferencia y del egoísmo; porque al final del día, educar en el respeto profundo a la naturaleza, es, en esencia, educar para la paz y para la convivencia humana.