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La valentía de la imperfección

    Ayer, durante el tradicional almuerzo de ADM, escuché una frase que más allá de la coyuntura política o de quién la pronunció, resonó profundamente en mi vocación de educadora y en mi visión sobre el liderazgo actual. El presidente Yamandú Orsi, confesó estar cansado de lo políticamente correcto y en un gesto que rompe con la tradición del discurso blindado, defendió su derecho a la autenticidad. Aseguró, que prefiere la honestidad intelectual, incluso asumiendo el riesgo de cometer errores discursivos, antes que apegarse a un guión prefabricado que no lo represente. Esta declaración, destapa una olla, que a menudo preferimos mantener cerrada en el ámbito corporativo y académico, la tiranía de la perfección aparente y el miedo paralizante a salirnos del molde.

    Vivimos en una era, donde el error ha sido sistemáticamente demonizado. En las redes sociales, en las aulas universitarias y en las salas de directorio, parece haber un pánico generalizado a decir algo que desafine, algo que no esté previamente testeado por el filtro de la aprobación pública. Hemos construido, una cultura de la corrección, que si bien busca el respeto y la convivencia (valores que por supuesto defiendo), a menudo termina generando efectos secundarios nocivos, discursos estériles, líderes de cartón y lo que es más preocupante, una desconexión abismal entre lo que pensamos, lo que sentimos y lo que finalmente decimos. Esta brecha entre la persona real y el personaje público, es el origen de gran parte del estrés y la desconfianza que permean nuestras instituciones.

    Educar en la corrección política, es la ruta sencilla, se trata de transmitir normas, protocolos y límites de seguridad. Pero educar en la autenticidad, es un desafío monumental, porque requiere enseñar a gestionar la propia vulnerabilidad. Cuando un líder, sea el Presidente de la República, un Rector Universitario, o un gerente de empresa, admite que prefiere equivocarse siendo él mismo, a acertar siendo un personaje, está enviando un mensaje poderoso sobre la salud mental y la construcción de confianza. La máscara de la infalibilidad, es demasiado pesada para llevarla todo el día. Sostener un personaje que nunca duda, que nunca se tropieza con las palabras y que siempre tiene la respuesta correcta, no solo agota a quien lo interpreta, sino que aleja a quien lo escucha.

    Es aquí donde la honestidad intelectual, a la que se refirió el mandatario, cobra un valor estratégico. No se trata de un cheque en blanco para la imprudencia o la falta de preparación, sino de una invitación a la coherencia. En un mundo donde la Inteligencia Artificial avanza a pasos agigantados, y pronto podrá redactar discursos gramaticalmente impecables y políticamente inobjetables en cuestión de segundos, debemos preguntarnos, ¿qué nos queda a los humanos? Nos queda, precisamente, nuestra imperfección. Nos queda la duda genuina, la pasión que a veces nos hace decir una palabra de más, la emoción que quiebra la voz y la honestidad brutal que no cabe en un algoritmo. Lo que nos diferenciará en el futuro, no será nuestra capacidad de ser correctos como una máquina, sino nuestra valentía, para ser reales como personas.

    En mis años gestionando equipos y proyectos educativos, he aprendido que la gente no sigue ciegamente a quien nunca se equivoca, la gente sigue y respeta a quien es capaz de decir esto es lo que pienso, y si me equivoco, sabré corregirlo. Eso es credibilidad. La corrección política, puede evitar conflictos a corto plazo y salvarnos de un titular incómodo, pero solo la autenticidad construye lealtad y compromiso a largo plazo. El riesgo del error discursivo, es el precio que debemos estar dispuestos a pagar por la libertad de ser genuinos. Si eliminamos por completo el riesgo de error en el habla y en la acción, eliminamos también la posibilidad de la innovación, del debate profundo y del verdadero encuentro humano, que siempre es, por definición, un poco caótico.

    Mi reflexión final, es una interpelación directa para quienes tenemos la enorme responsabilidad de formar a las nuevas generaciones. Debemos cuestionarnos, si estamos preparando a nuestros jóvenes para que reciten el guión correcto para agradar a la audiencia, o si les estamos dando las herramientas y la seguridad psicológica para que tengan el coraje de encontrar su propia voz, con todos los tropiezos y matices que eso implica. Quizás, como sociedad, debamos perderle el miedo a la imperfección y empezar a valorar más la valentía de quienes se atreven a mostrarse tal cual son. Porque al final del día, los guiones perfectos se olvidan, pero la autenticidad siempre deja huella.