A menudo nos preguntamos, por qué vemos tanta violencia en las calles, en las aulas y en las redes sociales. Miramos hacia afuera buscando culpables, pero, les propongo mirar hacia adentro, hacia el núcleo de la formación de la persona, la familia y la escuela. Y ahí es donde surge una pregunta necesaria, ¿tenemos miedo a poner límites?
Existe una gran confusión hoy en día. Muchos padres y muchas madres, en un intento de ser amigos de sus hijos, o de no repetir modelos autoritarios del pasado, han soltado el mando. Pero hay algo que debemos entender, el límite no es un castigo, el límite es contención.
Cuando a un niño o a un adolescente no se le dice no, cuando no se le marca hasta dónde puede llegar, se le está enviando un mensaje erróneo, que sus deseos son órdenes y que el mundo debe plegarse a su voluntad inmediata. El problema surge cuando ese niño, sale a la vida real. La vida real no dice sí a todo. La vida frustra, pone barreras y exige esfuerzo.
Acá es donde nace la violencia.
La violencia es, muchas veces, la manifestación de una baja tolerancia a la frustración. Un joven que nunca aprendió a procesar un no en casa, siente una ira desmedida cuando la realidad lo contradice. Al no tener herramientas emocionales para gestionar esa frustración (porque nadie se las enseñó a través de los límites sanos), la única salida que encuentra es la agresión. Golpear, insultar o romper, es el recurso de quien no tiene palabras ni control interno.
Poner límites, es en realidad, un acto de profundo amor y responsabilidad.
Es decirle al otro, te cuido tanto que no voy a dejar que te hagas daño, ni que le hagas daño a los demás.
Es enseñar que mis derechos terminan, donde empiezan los del otro.
Es construir una estructura segura, donde la personalidad pueda desarrollarse sin desbordarse.
Una sociedad sin límites, es una sociedad insegura, y la inseguridad genera miedo y violencia. Si queremos erradicar la violencia de nuestras sociedades, debemos empezar por perder el miedo a ejercer nuestra autoridad como adultos, padres y educadores.
No se trata de volver al autoritarismo, se trata de recuperar la autoridad moral. Se trata de enseñar, que la libertad no es hacer lo que uno quiere, sino hacerse responsable de lo que uno hace. Educar en el límite, es educar para la paz.
