El debate sobre los celulares en el ámbito educativo, y específicamente en bachillerato, es complejo porque nos encontramos en la antesala de la vida adulta. A diferencia de la etapa de educación primaria, o los primeros años de secundaria, donde la prohibición puede ser una herramienta efectiva de protección, en el bachillerato, los estudiantes ya están consolidando su identidad y autonomía. Por lo tanto, la respuesta más consensuada entre psicólogos educativos y pedagogos, no es la prohibición total ni el libertinaje digital, sino la educación para la autorregulación.
Pensar en prohibir completamente los dispositivos a adolescentes de 16, 17 o 18 años, suele ser una batalla perdida, y a menudo, contraproducente. A esta edad, el objetivo de la educación, trasciende la mera adquisición de conocimientos académicos, se trata de formar ciudadanos funcionales. Si se elimina el celular de la ecuación mediante una prohibición estricta, se pierde la oportunidad de oro, de enseñarles a gestionar la herramienta que mediará gran parte de su vida profesional y personal. Al prohibir, se crea una burbuja artificial, que no refleja la realidad laboral o universitaria, que enfrentarán en el corto plazo, donde se espera que sepan cuándo usar la tecnología, para potenciar su trabajo y cuándo dejarla de lado para concentrarse.
Lo ideal es establecer un marco de convivencia digital. Esto implica normas claras, donde el dispositivo, tiene momentos de uso pedagógico, como buscar fuentes, verificar datos o usar aplicaciones específicas, y momentos de desconexión absoluta, para fomentar la atención profunda y la interacción humana cara a cara. La institución educativa, debe dejar de ser un policía que confisca aparatos, para convertirse en un mentor que enseña a distinguir el momento adecuado para cada acción.
El enfoque en el uso responsible, también permite abordar problemas latentes que la prohibición solo esconde, como el ciberacoso, la dependencia a la validación en redes sociales, o el consumo de información falsa. Al integrar el celular en la dinámica escolar de forma guiada, los docentes pueden abrir debates sobre la privacidad, el algoritmo y la salud mental, dotando a los estudiantes, de un pensamiento crítico sobre su propia vida digital. Si simplemente se prohíbe el aparato, esos problemas siguen ocurriendo, pero fuera de la vista de los adultos que podrían orientarlos.
En conclusión, para un estudiante de bachillerato, lo ideal es transitar de la restricción externa, a la regulación interna. Prohibir, es la solución fácil a corto plazo, pero enseñar el uso responsable, es la inversión necesaria a largo plazo. Se trata de empoderar al adolescente, para que sea él quien controle al dispositivo y no al revés, preparándolo para un mundo donde la desconexión voluntaria, será una de las habilidades blandas más valiosas de su futuro profesional.
