¿Alguna vez se detuvieron a pensar a qué velocidad estamos viviendo realmente? Porque da la sensación, de que si antes vivíamos a mil cien, ahora la apuesta subió mucho más.
¿Y hasta dónde vamos a llegar? Parece que no paramos nunca, que todo tiene que ser cada vez más y más rápido, ¿pero para qué?
Nos hemos convencido, de que tenemos que caminar más rápido que el de al lado, que tenemos que completar más tareas que ayer y muchísimas más que mañana o pasado mañana, todo bajo el mandato de ser más productivos, porque claro, hoy la productividad paga, y paga muy bien. Pero, ¿hasta dónde queremos llegar con esto? Porque al final, la productividad se traduce en pesos, y esos pesos supuestamente los queremos para estar mejor, para tener una mejor calidad de vida. Pero acá está la gran contradicción, ¿cuánto de nuestro cuerpo, de nuestra salud mental y de nuestro tiempo, estamos dispuestos a sacrificar, para conseguir ese dinero que supuestamente nos va a dar bienestar? Porque todo va de la mano, y si seguimos potenciando este ritmo frenético, va a llegar un momento, y créanme que llega, en que el cuerpo va a decir, no puedo más, y la cabeza va a decir, basta. Hay que pensar bien en esto; si mañana a una persona le ofrecen pagarle extra por trabajar 30 minutos más, seguramente diga que sí, porque es tentador. Al mes, ven que rinde y le piden otros 30 minutos. La persona dice que sí de nuevo, festejá con los amigos, hace ese asado, planea viajes que antes no podía. Pero le vuelven a pedir más tiempo, y lo que no se está viendo, es que ese cúmulo de medias horas, le está robando un bloque enorme de su vida íntima. De pronto, ya no puede ir a los asados, porque está agotado, los viajes dejan de ser placenteros, porque está contestando whatsapps y mails todo el día, estresado en una reposera, y los momentos con sus hijos desaparecen, porque cuando llega a su casa, ya están durmiendo. Empieza a perder vida, y no se da cuenta, porque la vorágine le ciega.
¿Saben lo que voy a hacer? Voy a bajar esto a tierra con un ejemplo real que me pasó ayer charlando con una persona. Ella trabaja en un lugar que le encanta, empezó de abajo y se convirtió en la vendedora estrella, la persona de mayor relevancia en los números de la empresa. Pero ese éxito, la llevó a viajar constantemente, a hacer cada vez más horas y a cargar con la presión de que el flujo económico de la compañía, depende de ella. Cuando el jefe de la unidad se fue, ella pensó, lógicamente, que la iban a nombrar a ella, por la confianza que le tienen. Pero no, trajeron a otra persona. Ella, resiliente, pensó, bueno, estoy cómoda, para qué más exigencias. Pero pasó el tiempo, el puesto quedó libre de nuevo y, cuando ella creyó que esta vez sí era su momento, volvieron a traer a alguien de afuera, con mucha menos experiencia. Ahí, es donde aparece la angustia, el enojo y la sensación de falta de reconocimiento. ¿Por qué pasa esto? Es crudo pero real, a la empresa, le sirve que ella siga exactamente donde está, facturando, siendo el sostén económico. Si la mueven de ahí, la estructura tambalea. Pero ella ya no soporta el peso de ser ese sostén, y se siente usada. porque, además, no se atrevió a manifestar que ya había cumplido un ciclo y quería algo más, entonces, para la empresa es más fácil descansarse en su eficiencia.
¿Cuál es la moraleja de todo esto?
Corremos detrás de algo, pensando que nos va a dar una satisfacción personal que nunca llega, porque el desgaste físico y emocional, es tan grande, que al ponerlo en la balanza, no vale la pena. Tenemos que saber equilibrar, ¿cuánto estamos dispuestos a entregar de nuestro bienestar personal, a cambio de un bienestar económico que paradójicamente, nos impide disfrutar de la vida? Ese equilibrio, lo tenemos que gestionar nosotros, antes de que sea tarde, porque después que estamos inmersos en esa carrera loca, estamos perdidos. Piénsenlo bien, a veces tenerlo todo, no es lo más importante. La satisfacción emocional y la paz mental, valen mucho más.
